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Soy la leche

La nena hoy no pone braguitas. Será…qué te lo has creído tú eso bonita, la nena se pone las bragas, que si se las pone, pero bueno, y por qué no te vas a poner las bragas? La nena no quere braguitas porque con los leotardos ya está, no se pone braguitas. Pero qué dirán las otras niñas si ven que no llevas braguitas? dirán que eres una marrana, una nena marrana porque no llevas braguitas, ale con el chochete al aire, ¡sí hombre! No pono, no pono, hoy la nena no pone braguitas porque lleva leotardos. La leche, ay que se me sale la leche, coño con la niña las bragas. Cuando vuelva como no lleves las bragas puestas no te llevo al cole.

Pero qué clase de amenaza es esa para una párvula? Pues ni más ni menos que era la primera de una retahíla de coacciones maternas que me causarían más apetitos que desalientos. 
Como cuando nueve años más tarde mi madre me perseguía rodeando la mesa del comedor, dando vueltas como un ventilador, zapatilla en mano, gritando con meterme interna en un colegio solo de chicas y de monjas. Mientras mi amiguita de juegos se salía por la puerta de casa con las bragas del revés, mi sujetador por error con las prisas y la falda a medio poner. Ese fue el momento en el que mi madre dejó de decir el qué dirán de ti y empezó a decírmelo ella misma. También es verdad que cuando ella se cansó de repetírmelo dejó de importarle lo que dijeran los demás. Personas que todavía hoy me pregunto quienes eran, nunca me los presentó. Mi madre desgraciadamente no cumplió su amenaza pero desde aquel momento pasaron a formar parte de mi imaginario erótico los internados con compañeras ansiosas de curiosidad y las deliciosas monjas deseosas de enseñar, alcobas que se abrirían a media noche para que Sor Juana Inés de la Cruz me obligara a recitar el ave maría por haber sido una chica muy muy mala…ay que me voy, del tema.

Me puse las bragas a pesar de la tentación de no ir al cole porque yo quiero mucho a mi mamá y porque eso de marrana aunque no sabía lo que significaba exactamente, no sonaba nada bien. Sonaba a pedo. Mientras mi madre pronunciaba la palabra marrana puso esa misma cara que ponía cuando su marido se tiraba sus famosos pedos sonoros. El sonido sound round salió de la investigación de sus pedos.

Aunque mi obediencia pone al descubierto mi estupidez ya desde edad temprana, para compensar siempre he sido una niña muy tozuda, para los amigos, persistente. Así que cuando llegué al cole reuní a mi trupe en los lavabos de chicas. Julia, Noelia, Elena, Sandra, Beatriz y yo. Después de los rituales habituales a la hora del patio, Noelia se quitaba las gafas y me dejaba ponérmelas un rato, Julia se quitaba el ojo de cristal y nos dejaba mirar que había dentro del ojo sin el ojo, Bea y Sandra se cambiaban el bocadillo y Elena se sacaba los hierros para poder comérselo. Con una serie de argumentos infalibles que no he vuelto a recordar, aunque me hubieran sido muy útiles en muchas ocasiones, conseguí que todas se desprendieran de sus braguitas y me las entregaran convencidas de que con los leotardos no se llevan bragas. Eran unas braguitas preciosas de ganchillo decoradas con lacitos de colores tejidas por nuestras respectivas abuelitas.
Mi trupe y yo volvimos a la clase pisando a dos palmos del suelo-casi lo mismo que nuestra estatura media-con una cara de felicidad infinita, pues ya no se nos metía el ganchillo de la abuela por el culo, con la certeza de haber descubierto una verdad verdadera en la vida intrínseca de nuestro mundo mundial que nos hacía más libres y cómodas, expandiendo nuestros chochetes a límites insospechados. Bueno, solo yo tenía la sospecha de que nos habíamos convertido en unas marranas o pedorras, ellas todavía no lo sabían pero no tardarían en descubrirlo.

La sita Estrella hizo revisión de pupitres esa misma mañana, y del mío empezaron a salir braguitas de colores. Casi de todos los colores que se le pusieron a mi madre en la cara cuando la sita Estrella la llamó para contárselo.

Dejando atrás lo que cada una quiera meterse debajo de su falda, corriendo los peligros pertinentes, pienso yo en todo lo importante que aprendí ese día. En lo peligroso que es aprender palabras, no esas no, esa que lees en un libro y la buscas en un diccionario y luego la lees y la oyes por todas partes y piensas pero cómo es posible que no la viera antes y ahora me la encuentro hasta en la sopa, y la vas repitiendo por ahí, como si mira, yo también me sé palabras raras. No, me refiero a esas que decimos cada día, sin pensar, las que utilizamos inconscientemente, las que si un extranjera de la Conchinchina nos preguntara qué significa, le diríamos mira, no te lo sé definir exactamente pero tengo muy claro lo que significa. Y es que, no es que nosotras seamos burras, aunque en ese momento lo intuyamos, es que nosotras no las aprendimos con definiciones sinó con asociaciones, a un gesto, a un contexto, a una emoción, a una sensación. Agarrando la sensación de incomprensión, de ignorancia, de ser de fuera, de no pertenecer al grupo a la cálida y confortable intimidad de la comunicación con otros seres humanos. A la complicidad de entender las cosas sin necesidad de explicación. Esas, que sin pasar la Itv de nuestra capacidad crítica se instalan en los límites de nuestro pensamiento, de nuestro cuerpo, de nuestro chochete, como unas bragas de ganchillo de hace un siglo que oprimen nuestro sexo desde hace veintiún siglos. Y ese placer es el de la extranjera, que al llegar a un extraño lugar, se da cuenta de las extrañas asociaciones que generan los idiosincrásicos del lugar en cuestión y al que le suelen llamar cultura. Yo le suelo llamar basura, debe ser una consecuencia de haberme sentido extranjera en una cultura que me apretaba el culo.

Aprender palabras es muy divertido, y que te resbalen si ya has tomado la decisión de ser tú misma, darles un nuevo significado es genial. Expandamos los límites de nuestro pensamiento y nuestro cuerpo a un lugar más libre y cómodo para nosotras.

Estado Mental 7.

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